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| Marcus Eli Ravage |
Lo siguiente es un ensayo publicado por el escritor judío Marcus Eli Ravage en elCentury Magazine bajo el título de "A Real Case Against the Jews" (Un caso real contra los Judíos). Como obra es interesante porque grafica no sólo lo que los judíos piensan verdaderamente de la cultura occidental, sino también, porque muestra hasta qué punto se ejerce (hoy más que nunca) un poderoso dominio e influencia del mundo judío sobre nuestro mundo. El título de obra en inglés es decisivo: apela a que dejemos de acusar a los judíos por cuestiones que no tienen importancia, y que nos concentremos en la verdadera tragedia que nos ha heredado el judaísmo, esto es, la tragedia que para nosotros supone el cristianismo.
Por Marcus Eli Ravage:
Nos odian. No es bueno que lo nieguen. Así que no perdamos más tiempo en negaciones e hipocresías. Sabemos lo que hacemos, y yo lo sé, y creo que nos entendemos. Seguramente, algunos de tus amigos son judíos, y todo eso. Creo que he oído ese argumento varias veces. Y sé también, que no me incluyes personalmente -"yo", es decir, cualquier judío particular- cuando acusan a los judíos en su forma particular, porque yo soy "diferente", casi tan bueno como cualquiera de ustedes. Esa pequeña excepción, de algún modo, me hace gracia, pero olvidémoslo por ahora. Es el judío agresivo, trepador, y materialista al que odian -aquel, que te hace recordar tanto a tus propios hermanos-. Creo que nos entendemos perfectamente. Yo no tengo nada contra ustedes.
No odio alguien que rechaza a otra persona. Pero hay algo que me intriga acerca de este tema anti-judío, como lo practican, es que hacen excusas tan fantásticas y transparentes, que parecieran estar sufriendo horriblemente de mala consciencia, y si la actitud no fuese tan grotesca seria irritante. Y no sucede porque seamos novatos en esto: lo hemos estado haciéndolo durante quince siglos. Sin embargo, al ver y oír sus pretextos infantiles, uno podría tener la impresión que no se conocen a ustedes mismos ni lo que defiende. Nos odian, pero no pueden decir porqué. Crean una nueva excusa -una "razón" como la llaman- cada día. Hemos estado amontonando justificaciones durante todos esos cientos de años y cada nueva invención es más risible que la anterior y cada nueva excusa contradice y aniquila la otra.
No hace muchos años yo oía la acusación de que nosotros éramos materialistas y capitalistas; ahora la acusación es que ningún arte ni profesión alguna no mercantil está libre de la invasión judía. Éramos, según su creancia, etnocéntricos y exclusivistas, e inasimilables porque no nos mezclamos con ustedes, y ahora nos reprochan lo contrario, es decir, que contaminamos su integridad racial. Nuestro estilo de vida es tan bajo que creamos sus barrios obreros e industrias, y tan alto que los expulsamos de sus mejores zonas residenciales. Evitamos nuestro deber patriótico en tiempos de guerra porque somos pacifistas por naturaleza y tradición, y somos los conspiradores de las guerras universales y los principales beneficiarios de esas guerras (ver "Los protocolos de los Sabios de Sión"). Nos acusan de ser los creadores del capitalismo, pero, al mismo tiempo, nos atribuyen el papel fundamental en la revuelta contra el capitalismo.
Seguramente, la historia no tiene a nadie tan versátil como nosotros ¡Oh! Casi olvido la razón de las razones: nosotros somos ese pueblo renegado que nunca aceptó convertirse al Cristianismo, y somos además el pueblo criminal que crucificó a su fundador. Pero les digo que se engañan a sí mismos. No tienen el conocimiento o la voluntad para enfrentar los hechos y aceptar la verdad. Odian a los judíos no porque, como algunos de ustedes piensan, crucificamos a Jesús sino porque engendramos a Jesús. La razón secreta de nuestro resentimiento no se encuentra en el hecho de que nosotros hayamos rechazado al Cristianismo, sino que nosotros lo hemos impuesto.
Sus acusaciones contradictorias contra nosotros no son sino un parche en la oscuridad de nuestro verdadero crimen histórico. Nos acusan de haber hecho la revolución comunista. Bien, supongamos que admitimos los cargos ¿Y? Comparado con lo que el judío Pablo de Tarso hizo en Roma, la revolución rusa no es más que un pequeño escándalo de palacio. Hacen tanto barullo por la indebida influencia hebraica en los teatros y salas de cine. ¡Muy bien! Aceptado, sus lamentos son justos. Mas, ¡qué puede significar esto contrapuesto a la influencia cultural ilimitada que nosotros ejercemos en sus Iglesias, sus escuelas, sobre sus gobiernos y formas de vida, sobre todo en su mundo intelectual!.
Un ruso plagió un grupo de papeles y los publicó en un libro llamado "Los Protocolos de los Sabios de Sión" que muestra que nosotros conspiramos para provocar la última Guerra Mundial. Ustedes creen en ese libro. Bien. Supongamos que 'Los Protocolos de los Sabios de Sión' sean auténticos. ¿Qué cosa podría significar esto frente a la innegable acción histórica de conspiradores que hemos desarrollado, de la que nunca hemos negado porque nunca habéis tenido el coraje para acusarnos, y de la cual el registro histórico es abundante para quien quiera leer?. Si fueran serios cuando hablan de conspiraciones judías, ¿Debería yo dirigir su atención hacia una de las más importantes? ¿Qué sentido tiene gastar palabras sobre el presunto control de su opinión pública por financistas, periodistas y magnates del cine judíos, cuando podrían simplemente acusarnos correctamente de haber controlado su entera civilización por medio de los Evangelios Judíos?.
Son incapaces de conocer nuestro verdadero crimen. Nosotros somos invasores, destructores, subvertidores. Nosotros hemos tomado posesión de su mundo natural, de sus ideales, de su destino y hemos hecho estragos con ellos. Nosotros hemos sido no sólo los promotores de la última guerra, sino de casi todas sus guerras. Hemos sido no sólo los promotores de la Revolución Rusa, sino de todas las otras grandes revoluciones. Nosotros hemos suscitado y continuamos promoviendo disturbios en las ciudades, en las calles y en su vida privada. Y aún estamos haciéndolo. Nadie puede decir cuánto tiempo, seguiremos haciéndolo.
Retrocedamos un poco y veamos lo que ha sucedido. Hace mil novecientos años atrás ustedes eran un pueblo inocente, pagano y libre. Ustedes le rendían culto a innumerables Dioses y Diosas, a los espíritus del aire, de las corrientes de los arroyos y del bosque. Se enorgullecían de la gloria de sus cuerpos desnudos. Esculpiste imágenes de sus dioses y de figuras humanas. Gustaban de los combates del campo y la arena. La guerra y la esclavitud eran instituciones fijas en sus sistemas. Se emboscaban en las laderas y en los valles de los grandes campos, y especulaban sobre la maravilla y el misterio de la vida e iniciaban las bases de la ciencia natural y la filosofía. Era una cultura noble, sensual, liberada de la consciencia social o de cualquier moralismo sentimental sobre la igualdad humana. Quien sabe que gran y glorioso destino podrían haber tenido si nunca los hubiesen encontrado con nosotros…
Pero nuestros caminos se cruzaron. Nosotros abolimos la hermosa y generosa estructura que habían creado y cambiamos el curso entero de su historia. Los hemos conquistado como ningún imperio suyo jamás ha subyugado al África o Asia. Y lo hicimos sin necesidad de armas, derramamiento de sangre o rebeliones, sin fuerza de ningún tipo. Lo hicimos solamente con el irresistible poder de nuestro espíritu, con ideas y con propaganda.
Los hicimos portadores inconscientes de nuestra misión al mundo entero, a las razas bárbaras del mundo, a las incontables generaciones por nacer. Sin una comprensión completa de lo que le hemos estado haciendo, nosotros los hemos convertido en los agentes de nuestra tradición racial, llevando nuestro evangelio a los confines inexplorados de la tierra.
Nuestras costumbres tribales han inspirado su código moral. Nuestras leyes tribales han proporcionado las bases básicas de todas sus constituciones y sistemas legales. Nuestras leyendas y nuestros cuentos populares son la sagrada literatura que leen a sus infantes. Nuestros poetas han llenado sus himnarios y sus devocionarios. Nuestra historia nacional ha devenido parte indispensable del aprendizaje de sus pastores, sacerdotes y académicos. Nuestros reyes, estadistas, nuestros profetas y nuestros guerreros son sus héroes. Nuestro pequeño antiguo país de un tiempo ha llegado a ser su Tierra Santa. Nuestra literatura nacional ha llegado a ser su Biblia. Lo que nuestro pueblo pensó y enseño se ha vuelto una parte inseparable de su discurso y tradición, al tanto que no hay nadie entre ustedes que pueda ser considerado educado que no este familiarizado con nuestra herencia racial.
Los artesanos y pescadores judíos son sus maestros y santos, con incontables estatuas erigidas a su imagen e innumerables catedrales alzadas a sus memorias. Una joven judía es su ideal de maternidad y de la femineidad. Un profeta judío rebelde está en el centro de su devoción. Hemos destruido sus ídolos, hemos destruido su herencia racial, y la hemos sustituido con nuestro Dios y nuestras tradiciones. Ninguna conquista en la historia puede compararse remotamente con nuestra conquista de su espíritu.
¿Como lo hicimos? Casi por accidente. Hace dos mil años en la lejana Palestina, nuestra religión había caído en decadencia y materialismo. Los mercaderes estaban en posesión del Templo. Los rabinos degeneraban y engordaban. Entonces un joven patriota idealista apareció e hizo un llamado al reavivamiento de la fe. Él no pensaba en crear una nueva iglesia. Como todos los profetas que le precedieron, su único objetivo era purificar y revitalizar el viejo credo. Él ataco a los sacerdotes y expulso a los mercaderes del Templo. Esto le llevo a enfrentarse con el orden establecido y sus guardianes. Las autoridades romanas, que ocupaban militarmente el país, temiendo que su agitación revolucionaria provocara una rebelión política, le arrestaron y le condenaron a muerte en la cruz, una forma común de ejecución en aquel tiempo. Los seguidores de Jesús de Nazaret, principalmente esclavos y trabajadores pobres, se separaron de la sociedad y formaron una hermandad de pacifistas no-resistentes, que compartía la memoria de su líder crucificado y vivía de forma comunal. Eran meramente una nueva secta en Judea, sin poder o influencia, ni eran los primeros ni los últimos.
Sólo después de la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos, el nuevo credo adquirió prominencia. Entonces un judío patriota llamado Pablo o Saulo concibió la idea de humillar al poder romano destruyendo la moral de sus soldados con las doctrinas de amor y no resistencia predicadas por la pequeña secta de cristianos judíos. Se convirtió en el Apóstol de los gentiles, el que hasta entonces había sido uno de los más activos de la cuadrilla de perseguidores. Y tan bien hizo Pablo su trabajo que dentro de cuatro siglos el gran imperio que había subyugado a Palestina junto con la mitad del mundo, era un montón de ruinas. Y la ley que salió de Sión se convirtió en la religión oficial de Roma.
Este fue el inició de nuestro dominio en su mundo. Pero fue solo el comienzo. Desde ese tiempo su historia no es más que el relato de una lucha entre su propio espíritu pagano y nuestro espíritu judío. La mitad de sus guerras, grandes o pequeñas, han sido guerras religiosas, peleadas por la interpretación de uno u otro aspecto de nuestras enseñanzas. Cuando intentaron liberarse y regresar a las practicas del mundo romano pagano, Lutero tomo nuestro Evangelio y lo volvió entronizar en su cultura. Observad las tres principales revoluciones de los tiempos modernos, la francesa, la americana y la rusa. ¿Qué es lo que son, sino el triunfo de la idea hebraica de la justicia social, política y económica?.
Y el fin todavía no ha llegado. Todavía los dominamos. En este mismo momento sus iglesias están enfrentadas por una guerra civil entre Fundamentalistas y Modernistas, es decir, entre aquellos que interpretan literalmente nuestras enseñanzas y tradiciones y aquellos que desean separarse de ellas. Y una vez mas, la herencia puritana de Judea vence por medio de la censura, las leyes del Domingo y las actas de prohibición. Y mientras esas cosas tan graves suceden, ustedes se preocupan de la influencia hebraica en el cine.
¿Es extraño que nos odien? Hemos puesto un obstáculo en su progreso. Les hemos impuesto un libro extranjero y una fe extranjera que no pueden dirigir, que contradice su espíritu nativo, que los mantiene inquietos, y que ustedes no tienen el espíritu para o rechazar o aceptarla por completo.
En resumen, nunca han aceptado nuestras enseñanzas cristianas. En sus corazones aún son paganos. Aún se enorgullecen de la figura humana desnuda. Nuestro igualitarismo, a pesar de toda la democracia y de todas sus revoluciones, es aún una cosa imperfecta. Hemos dividido su alma, confundido sus impulsos y paralizado su deseos. Así, en medio de la batalla son ordenados a rendirle culto a quien les indico que diera la otra mejilla a los enemigos, a quien dijo "resistir es malo" y "Bienaventurados sean los pacifistas."
En su búsqueda de la ganancia son perturbados de repente por la memoria de sus lecturas de la Biblia y sus doctrinas igualitarias. En sus luchas contra los izquierdistas, su acción es confundida por la idea de que los pobres son bendecidos por Dios y que todos los hombres son hermanos en Cristo. Y cada vez que esté a punto de rendirse a la tentación, nuestro entrenamiento judío impide su acción. Ustedes cristianos nunca se han vuelto realmente cristianos. Hasta este punto hemos fracasado con ustedes. Pero hemos destruido para siempre el paganismo.
¿Por qué no deberían odiarnos? Si estuviésemos en su lugar probablemente los odiaríamos en una forma menos cordial que en la que ustedes nos odian. Pero nosotros no tendríamos ningún problema en decirles porqué. No nos iríamos por las ramas. Con millones de judíos burgueses respetables no insultaríamos su inteligencia diciendo que el comunismo es una filosofía judía. Y con millones de trabajadores y proletarios judíos sería ridículo mantener la idea de que el capitalismo internacional es un monopolio judío. No, nosotros iríamos directamente al grano. Nosotros contemplaríamos esta confusión que llamamos civilización, esta mezcla medio-pagano medio-cristiana, y - señalaríamos el origen - en un espacio en blanco: "Este enredo es gracias a nosotros, a nuestros profetas, y nuestra Biblia."


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